ENTRE EL CIELO Y EL SUELO

Hace tres años, poco después de que la muerte asolara de nuevo a mi familia con su polvo y con su sombra, mi hija de diez años me hizo una pregunta: “Mamá, cuando te vayas, ¿celebrará Ricardo tu funeral?”

 La pregunta no me sorprendió, porque la niña estaba consternada por la muerte súbita y repentina de su tío. Supe que buscaba respuestas a todo lo que no entendía. Supe que buscaba consuelo cuando un día encontré sus libros de oraciones entre sus sábanas.

 La respuesta sí, me sorprendió a mí misma.  “No, hija será otro sacerdote. Ricardo no va a estar siempre en la parroquia”.

 No sé si es que en esos momentos en los que entiendes con más profundidad que el paso por la vida es un misterio, o que nadie en su sano juicio se plantea quién va a celebrar su funeral, pero por primera vez, puse palabras a un temor, a un presentimiento de algo que sin duda iba a ocurrir. No comenté la anécdota con nadie, y quedó dormida en algún lugar de mi memoria hasta el día en que supe que Ricardo se iba. Nada hacía prever que, una vez iniciado el curso, a punto de empezar las catequesis, Ricardo anunciara su marcha.

 Aquella noche me invadió una profunda tristeza, llena de sentimientos contradictorios. No podía dormir: las dos, las cuatro, las seis…sentía angustia  en el pecho, como si un perro loco me mordiera el corazón y no quisiera soltarlo. Sabía  que no iba a conciliar el sueño. Tenía  ganas de llorar. Me levanté. Me puse ante el Señor. Lloré y recé.

 Montesclaros ha sido la primera comunidad de Ricardo.  Él nos ha regalado el fervor de sus primeros años de sacerdocio. Nos ha acompañado en nuestro crecimiento en la fe. Ha bautizado a nuestros hijos y ha celebrado su primera eucaristía, ha enterrado a nuestros padres y a nuestros hermanos. Nos ha acompañado con sus palabras, con sus silencios y con su oración, y existe un fuerte vínculo afectivo y emocional con él. Somos, de alguna manera, “su primer amor” pastoral.

 Su marcha supone un reto para toda la comunidad. Es un momento de discernimiento en el que tenemos que poner los pies en el suelo, ser realistas y plantearnos honestamente qué, y qué no, somos capaces de hacer entre todos. Es  momento de revisar responsabilidades, de arropar a José Mª, de mirar hacia adentro y renovar nuestro compromiso, no solo en el ámbito de la parroquia, sino de la  comunidad eclesial.

 Pero es también momento de mirar al cielo de abrir las manos ante el Señor, de poner en las suyas nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestras tristezas y nuestras dudas… y de fiarnos de su bondad, porque “nada es imposible para Él”, el único camino,  y la única  verdad.

 Todo cambio, toda ruptura, conlleva una dosis inevitable  de dolor que nos toca de lleno a todos; a quien se va y a los que nos quedamos. La certeza de que detrás de todas las decisiones hay un discernimiento profundo y sereno ante el Señor, no deja de ser una garantía.

 Y es también, momento de dar las gracias. A Ricardo por su cercanía, su fuerza y sus ganas de comunicar la Buena Noticia. (Desde que el Señor lo puso en mi camino, no ha pasado un día en que no haya agradecido su presencia en mi camino “de regreso a casa” y su alegría al ser testigo de mi abrazo con el Padre). A José Mª, por su inmensa generosidad al aceptar el reto de seguir con nosotros y por el testimonio y la confianza de los que solo  esperan en el Señor.

 Ah!, por cierto. Desde que he empezado a escribir no he podido dejar de llorar.

                                                                                                                                   MEG