DESIERTO

         Si a alguno de nosotros nos preguntaran qué nos sugería el desierto, posiblemente trajéramos a la mente hermosas imágenes de dunas doradas y ondas caprichosas que el viento ha dibujado en la arena. Es posible que también pensáramos en el calor y en la sed. De cualquier manera, nuestra visión del desierto no dejaría de ser una mera visión de algo no experimentado.

        Hay un proverbio bereber que dice que “El desierto es el lugar  que Dios se ha reservado para sí mismo, porque le permite guardar las huellas de todos los que han pasado por él” Esta frase solo puede decirla quien ha experimentado la dureza extrema del desierto, pero también quien ha encontrado en él, un lugar de absoluto silencio y de encuentro consigo mismo. Por eso, la realidad física del desierto puede ser como un símbolo de la vida espiritual: es el lugar del desprendimiento de todo lo superfluo; una invitación a la austeridad y al retorno a lo esencial. Es allí en donde el hombre experimenta su fragilidad y sus propias limitaciones; el lugar de la prueba y de la purificación. Pero también el escenario más apropiado para la búsqueda y el encuentro personal con Dios en la oración, en el silencio del alma y en la soledad de las criaturas.

El libro del profeta Oseas nos ofrece un pasaje muy hermoso a este propósito: Dios habla al pueblo de Israel como a su esposa del alma, que ha sido infiel a su promesa de amor; y la conduce al desierto para renovar con ella su pacto de amor y fidelidad: “Por eso, yo voy a seducirla y la llevaré al desierto –dice el Señor y le hablaré al corazón... y allí cantará como cantaba en los días de su juventud” (Os 2, 16-17). El desierto se nos presenta como el lugar más apropiado para el encuentro con el Dios del amor y de la alianza. El ambiente exterior favorece el recogimiento e invita a la oración.

        Pero el desierto no es poesía, y no hay que interpretarlo en una clave meramente intimista. Es arduo y difícil, pero necesario. Y nuestra vida cristiana tiene que pasar necesariamente por el desierto. Es decir, por la experiencia del silencio y de la soledad, del desprendimiento de las cosas materiales, del esfuerzo y, sobre todo, de la oración y del encuentro íntimo y personal con Dios. Más aún, todo lo anterior es sólo como una preparación para que el alma se encuentre a sus anchas con su Creador.

        A muchos hombres y mujeres del siglo XXI estas palabras podrían tal vez resultar sorprendentes, incómodas, y hasta incomprensibles. Y no es de extrañar. Pero es un camino por el que tenemos que entrar si queremos llegar a la Vida.

        Todos los seres humanos, independientemente de nuestro credo, cultura, edad, sexo o condición social, absolutamente todos, tenemos nuestras horas arduas de aridez y de cansancio, de fatiga y de derrota; de soledad, de sufrimiento, de desolación y de ceguera interior. Y todo esto es también el desierto. Y estas horas amargas pueden ser sinónimo de fecundidad y de vida si sabemos vivirlas unidos a Dios. Solo quien siente la fragilidad de su ser en un mundo inhóspito, pero con la certeza absoluta de que su vida está sus manos, puede experimentar la esperanza del sediento que sabe que saciará su sed.  Entonces sí, el desierto será el camino que nos lleve hasta la tierra prometida, el lugar privilegiado para el encuentro con Dios y el escenario de nuestra redención al lado de Cristo. La experiencia del desierto nos conducirá al gozo pascual de la resurrección.

                  ALBANTA