Al Señor tu Dios adorarás... »
Mt 4, 1-11


AYUNO

Son muchas las costumbres y prácticas sociales que, en pocos años, han quedado superadas por el ritmo de la vida moderna. Hoy sólo sirven para el recuerdo divertido y el comentario jocoso. Algo de esto sucede con el ayuno y la abstinencia. ¿Quién se atreve a proponer seriamente algo tan anacrónico?
Sin embargo, el ayuno sigue teniendo una curiosa vigencia en la actual sociedad. Pocas veces se han observado dietas tan severas para eliminar la obesidad, cuidar la silueta o prevenir problemas de salud. Por otra parte, ¿quién se burla de los que hacen «huelga de hambre» como signo de protesta o gesto de presión en favor de causas justas?
Lo importante en estas cosas es no olvidar el valor original y la sabiduría que encierran. Estoy convencido de que introducir ayuno y austeridad en nuestra vida individual y colectiva no es ninguna necedad. Al contrario, puede ser remedio eficaz para más de una enfermedad.
Naturalmente, lo primero es aclarar que no se trata de «mortificar» el cuerpo porque sí, ni de matar en nosotros el gusto por la vida y el disfrute agradecido de las cosas. Es lo contrario.
Liberarnos de aquello que nos impide ser dueños de nosotros mismos para disfrutar de una vida sana y humana.
Quien vive de forma sobria, mantiene una libertad crítica frente a los reclamos insanos de la cultura consumista. Se hace más sensible hacia quienes sufren necesidad, y más disponible para la ayuda solidaria. Le resulta más fácil cultivar la vida del espíritu y abrirse a la dimensión trascendente de la existencia.
Cada uno sabrá cómo introducir en su vida más ayuno y austeridad. Algunos necesitan urgentemente moderar sus comidas y no caer en el exceso de alcohol y tabaco. A otros les haría bien ser menos esclavos de la publicidad y liberarse de cosas superfluas que asfixian su vida. Algunos necesitarían «ayunar» de tanta televisión y romper su dependencia del mando a distancia. Otros, renunciar a un estilo de «fin de semana» agotador y frustrante.
Pero lo importante no es ayunar, sino acertar a alimentarse bien. De ahí la máxima evangélica: «No sólo de pan vive el hombre. » Es necesario también el silencio, la reflexión, la apertura a la naturaleza, el arte, la oración. Para el creyente, es vital la escucha de la Palabra de Dios.
Los cristianos comenzamos estos días un tiempo litúrgico que se llama «cuaresma». Es un tiempo en el que nos esforzamos por cuidar más nuestra comunicación con Dios, la escucha del Evangelio y la conversión a Cristo. No tiene por qué ser un tiempo triste y sombrío. Al contrario, es un tiempo de renovación que nos llevará a vivir la Pascua «resucitando» a una vida nueva.


ESCAPAR DE DIOS

Escapar de Dios ha sido siempre la gran tentación de muchos hombres. Paul Tillich llega a decir que «el hombre que jamás ha intentado huir de Dios, es el que jamás tuvo experiencia del Dios que es realmente Dios».
Pero, en la sociedad moderna, son muchos los que reprimen, incluso, la pregunta misma sobre Dios y ahogan, de diversas maneras, todo planteamiento religioso.
Bastantes se han creado «pequeños dioses» que llenan sus vidas y con quienes conviven con cierta tranquilidad, aun sin poder ahuyentar del todo una vaga sensación de insatisfacción y tristeza.
Otros viven siempre «ocupados», siempre forjando planes, siempre metidos en preparativos, siempre huyendo de lo más profundo de sí mismos, evitando con cuidado cualquier posible encuentro con Dios.
En el fondo, nos resistimos a que Alguien conozca lo que somos y lo que hacemos. Intentamos ocultar las profundidades de nuestra alma a nuestros propios ojos. No podemos soportar un Dios que sea realmente Dios y nos sondee hasta los rincones más oscuros de nuestro ser.
Por eso, son bastantes los que protestan silenciosamente contra ese Dios, desean que no exista, lo rebajan hasta el nivel de las cosas dudosas y huyen hacia el ateismo.
Pero, ¿existe algún refugio último que nos aísle y «defienda» de Dios? ¿No estamos sostenidos y contenidos por algo que es mayor que nosotros mismos, que abarca nuestra vida y nuestra muerte y que está exigiendo nuestra respuesta?
Por un tiempo, podremos arrojarlo de nuestra conciencia, rechazarlo de mil maneras, refutarlo, buscar razones para convencernos de que no existe, vivir confortablemente sin él. Pero, ¿escapa uno de Dios sólo porque trata de olvidarlo?
Sin atrevernos a confesarlo públicamente, ¿no seremos los hombres y mujeres de hoy unos «reprimidos religiosos»?
El relato de las tentaciones de Jesús nos invita a hacernos una pregunta decisiva: ¿Cuál es la manera más humana de enfrentarse a la pregunta sobre Dios? ¿Huir de él o buscarlo?
Según Jesús, no se trata de huir de Dios sino de descubrir su presencia amistosa y el rostro de infinita bondad de un Dios que no es nuestro rival, sino el fondo mismo de nuestra fuente creadora de nuestro existir, el destino último al que tendemos misteriosamente.
Muchos de nuestros contemporáneos saben en lo secreto de su corazón que necesitan «reconciliarse» con Dios.


¿HAY QUE SEGUIR ASÍ?

No sólo de pan vive el hombre

Lo propio de nuestra «sociedad consumista» es que no sólo consumimos lo necesario para la vida, sino que consumimos sobre todo y fundamentalmente bienes superfluos. Éste es el hecho esencial que mueve básicamente la política y la economía. Lo importante es «aumentar el crecimiento» y «subir el nivel de consumo». Es lo que esperan unánimemente todos los ciudadanos.
Todo gira en torno a este consumo de bienes superfluos. Los individuos han aprendido a cifrar su éxito, su felicidad y hasta su personalidad en poseer tal modelo de coche o vestir con tal marca. Es el modo natural de vivir. En este consumo «vivimos, nos movemos y existimos».
Pero, ¿sabemos lo que estamos haciendo?, ¿queremos seguir consumiendo de esta manera?, ¿es éste el mejor estilo de vida en una sociedad progresista?, ¿no nos interesa cambiar y humanizar un poco más nuestra vida?
Tal vez, lo primero es tomar conciencia de lo que estamos haciendo. Es un primer paso, pero importante. ¿Por qué compro tantas cosas?, ¿es para estar a la altura de los amigos y conocidos?, ¿para demostrarme a mi mismo y a los demás que soy «alguien»?, ¿para que se vea que he triunfado?
Podemos preguntarnos también si somos libres o esclavos. ¿Soy dueño de mis decisiones o compro lo que me dicta la publicidad?, ¿adquiero lo que me ayuda a vivir de manera digna y dichosa o estoy llenando mi vida de cosas inútiles?, ¿sé boicotear anuncios que tratan de manipularme de manera torpe y degradante o soy uno de esos «esclavos satisfechos» que presumen de tal o cual marca?
Nos hemos de preguntar, sobre todo, si este consumismo tan irresponsable nos parece justo. Ya nada es bastante para vivir bien. Seguimos creando y creando necesidades siempre nuevas, y nunca nos sentimos satisfechos. Mientras tanto, millones de seres humanos no tienen lo necesario para sobrevivir. ¿Qué pensar de todo esto? ¿No es injusto y estúpido?
«No sólo de pan vive el hombre». Estas palabras de Jesús no son una exhortación piadosa para creyentes. Encierran una verdad que necesitamos escuchar todos.

ESTROPEAR LA VIDA

Es lamentable ver con qué facilidad nos dejamos arrastrar por costumbres y modos de vivir que se implantan poco a poco en nuestra sociedad, vaciando de su verdadero contenido las experiencias más nobles y gozosas del ser humano.
Pensemos, por ejemplo, en lo que ha venido en llamarse la cultura del «tírese después de usado», que tiende a imponer entre nosotros todo un estilo de vida. Una vez de usar un producto, hay que buscar rápidamente otro nuevo que lo sustituya.
Esta cultura puede estar configurando nuestra manera de vivir las relaciones interpersonales. De alguna manera, se introduce la tentación de «usar» a las personas para desecharlas cuando ya no interesan.
Lo podemos constatar diariamente: amistades que se hacen y deshacen según la utilidad; amores que duran lo que dura el interés y la atracción física; esposas y esposos abandonados para ser sustituidos por una relación más excitante.
No siempre somos conscientes de cómo podemos estropear nuestra vida cuando damos culto a modas y estilos de vivir que terminan por deshumanizarnos.
Es una equivocación vivir esclavos del dinero, del éxito profesional, del prestigio social o de cualquier otro ídolo, sacrificándoles todo: el descanso, la amistad, la familia, la vida entera.
Cuántas personas, al pasar los años, lo constatan secretamente en su interior. Ganan cada vez más dinero, tienen prestigio, han logrado lo que perseguían, pero se sienten cada vez más solas y frustradas.
Su vida se ha llenado de cosas, pero ha quedado vacía de amistades verdaderas. Saben competir y luchar, pero no saben dar ni recibir amor. Dominan las situaciones más difíciles, pero no aciertan a crecer como personas.
La advertencia de Jesús siempre será de actualidad: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». No basta alimentar la vida de dinero, prestigio, poder o sexo. Lo sepa o no, el hombre necesita amar y ser amado, perdonar y ser perdonado, acoger y ser acogido.
No le basta al ser humano escucharse a sí mismo y alimentar egocéntricamente sus propios intereses. Necesita abrirse a Dios y escuchar las exigencias y las promesas del amor.
La conversión no es una práctica ya en desuso que hay que recordar en tiempos de cuaresma. Es la orientación nueva de toda nuestra vida, el cambio de rumbo que necesitamos para vivir de manera más sana sin estropear todavía más nuestra persona.



J. A. Pagola