Carta de Navidad a mis hijos

 

Hemos celebrado de nuevo la Navidad, la conmemoración de la Encarnación de Cristo. Durante todo el Adviento, nos hemos estado preparando para recibir la Buena Noticia. Mirando hacia adentro nos hemos encontrado con Isaías, anunciando la llegada del Mesías, con Juan, animándonos a ´´ preparar el camino y allanar la senda`` y con María, que proclama la grandeza del Señor y acepta sin condiciones el proyecto de Dios en su vida. Desde afuera, miles de gestos y anuncios, desde el calvo de la lotería hasta el chico de El Almendro, se empeñan en mostrarnos una visión consumista o excesivamente nostálgica de la Navidad. Es en este tiempo cuando siempre vuelvo a leer un cuento que, siendo niña, me ayudo a comprender el verdadero significado de la Navidad: ´´ La vendedora de fósforos``.

El cuento, que sin duda conoceréis en versión más o menos lacrimógena, narra la historia de una niña pobre y huérfana, que sobrevive en la calle vendiendo cajas de cerillas. La tarde del 24 de diciembre, la gente, demasiado ocupada en preparar cenas familiares, comprar regalos o brindar con los amigos, no repara en la presencia de la niña, que no consigue vender ni una sola caja. Temerosa de regresar sin dinero, y aterida por el frío, la niña se refugia en un recodo de la calle tratando de calentarse prendiendo sus cerillas. Con cada resplandor, la niña sueña con las casas cálidas, las familias felices y las cenas espléndidas que ha visto a través de las ventanas. Es la última cerilla la que tiene un fulgor especial, capaz de envolver a la niña y trasladarla allá donde se encuentra su familia y donde disfruta de la primera Navidad feliz de su vida, contemplando el rostro misericordioso del Niño Dios.

Unos días antes de Navidad, el libro abandonaba, como por arte de magia, su sitio habitual en la estantería y aparecía en lugares tan sorprendentes como estratégicos: encima del sillín de la bici, dentro de la cuna de las muñecas o en el rincón alto de la despensa, donde mi madre creía tener fuera del alcance de los niños los dulces navideños. Mis hermanos y yo leíamos el cuento una y otra vez allí donde aparecía. Casi siempre acabábamos maldiciendo a Andersen por escribir historias tan tristes en las que niños se morían de frío precisamente el día de Nochebuena; también, por primera vez, conocimos el sabor agridulce del turrón que se come con remordimiento.

Cuando crecimos, supimos que era mi padre el ´´ duende del cuento``. El quería que fuéramos conscientes de que éramos niños privilegiados; no solo por tener familia, casa, comida y juguetes. Privilegiados también por haber conocido a Jesús y por poder celebrar la Nochebuena como lo que realmente era: La Noche de la Buena Noticia.

Recuerdo que antes de la cena, generosa pero sin grandes estridencias, mi padre bendecía la mesa y daba gracias a Dios por todo lo que íbamos a compartir y por estar todos reunidos en su nombre. Siempre decía que nadie debería sentarse a la mesa sin tener las manos vacías y el corazón limpio,( lo de las manos vacías lo entendí muchos años después), que para vivir de verdad la Navidad había que ser coherente con el anuncio de la Buena Nueva; que Navidad significaba ser generoso, compartir…que no se trataba de hablar del amor o del perdón, sino de amar y perdonar.

A través de aquella historia de la niña que vendía fósforos en la calle, comprendí que el mundo no puede reducirse al ´´ yo, mi, me, conmigo``, que ser generoso no es dar lo que te sobra, sino renunciar voluntariamente a algo por el bien de los demás. Comprendí que las insaciables cartas a los Reyes Magos tenían que tener en cuenta a aquellos a quienes se les había negado lo básico, que no podíamos ser insensibles ante el sufrimiento de los demás, que no podíamos cruzarnos de brazos pensando que no podíamos hacer nada.

Gracias a la historia de la niña de las cerillas, la que soñaba con todo lo que yo no sabía agradecer porque lo había tenido siempre, la que sufría ante la indiferencia de los demás, que ser portavoz de la Buena Noticia significaba un compromiso con los débiles y los desfavorecidos. Supe que aquella primera Nochebuena de Belén, hace 2005 años, era el comienzo de la Historia de la Salvación, y que todos los que tenemos el don y el privilegio de la Fe, somos responsables del anuncio de la Navidad, el anuncio de la Buena Noticia.


Santander, 26 diciembre 2005
E.G. I