CREER Y ENMUDECER ES IMPOSIBLE

 

El pasado 10 de junio asistí a la Confirmación de un nutrido grupo de miembros de mi Comunidad Parroquial. Fue una ceremonia profunda, sencilla y entrañable.

Pertenezco a una generación en la que los niños éramos confirmados antes de recibir la Primera Comunión; inconscientes del Sacramento e inmaduros en la Fe. Apenas guardo recuerdos de aquel día, excepto una mañana sin clase y una gran foto en blanco y negro frente al obispo. Nada de lo esencial.

¡¡Cómo me gustaría haber decidido en qué momento confirmar mi Fe!! Quizá por eso me impresionó de una manera especial la ceremonia del pasado viernes.

Hubo dos gestos que me impactaron, quizá porque sintetizan claramente la dimensión personal y comunitaria del Sacramento. En primer lugar los confirmandos entraron en el templo en grupo, acompañados por sus padrinos y por los sacerdotes y el obispo. El resto de la Comunidad los esperábamos y acogíamos en pie. Después, una vez iniciada la ceremonia, todos y cada uno de ellos fueron llamados por sus nombres y apellidos, en señal de que cada era convocado por Cristo para confirmar su Fe ante Dios y ante el resto de los fieles…Creo que ninguno de los que estuvimos presentes quedó indiferente ante la emoción del acontecimiento.

En este mundo medio esquizofrénico, en el que vivir con coherencia y radicalidad el mensaje del Evangelio es para muchos sinónimo de “rara avis”, es emocionante constatar la fuerza y claridad con la que personas adultas en la Fe son capaces de gritar su Fe en Cristo.

Creo firmemente que a pesar de los signos externos, detrás de cada Sacramento se encuentra la Gracia del Señor, y que detrás de cada persona que recibe el Sacramento se esconde el Espíritu renovador de Dios. Por eso, estoy convencida que creer y enmudecer es imposible.


E. G. I.