DESNUDARSE

    Posiblemente toda nuestra vida está marcada por la búsqueda incesante de una mirada ante la que poder desnudar el corazón, búsqueda en la que tantas veces erramos el objetivo. En nuestro mundo, en muchas ocasiones, la desnudez es más un falseamiento que un descubrimiento de la verdad, más una manipulación que  una manifestación de la autenticidad del ser humano.

    Nos cuesta desnudarnos, mostrarnos tal y como somos  y ser sinceros ante los demás. En el fondo porque nos cuesta encontrar una mirada en la que confiar, alguien que sea capaz de amar nuestra verdad, respetando al mismo tiempo nuestra libertad. Porque desnudarse ante una mirada ajena, significa vernos cara a cara con nuestra verdad y nuestra libertad, la verdad y la libertad de nuestro auténtico ser desnudo, que hacen aflorar lo más auténtico de nosotros mismos.

    Necesitamos en el fondo de nuestro ser, otro tipo de mirada; unos ojos  limpios  que nos sondeen el interior y nos permitan despojarnos de todo lo que nos atemoriza o nos avergüenza. Son los ojos de Dios, quien ha querido desnudarse de su omnipotencia  para mostrarnos su verdad más radical: el amor. Dios ofrece a nuestros ojos su más pura intimidad de amor para que nosotros no tengamos que sentirnos avergonzados o temerosos ante su mirada. Es la mirada desde la cruz ante la que somos invitados a buscar una nueva desnudez que vuelva a mostrar en cada ser humano su verdad más profunda, su ser imagen de Dios.

    Desde su cruz Jesús nos hace una llamada a despojarnos de todo aquello que impide que seamos reflejo del amor de Dios, a quitarnos todos esos ropajes que nos encierran en nuestro orgullo y nos impiden mirar y ser mirados con limpieza. Contemplemos a Jesús en la cruz sabiéndonos mirados por esa desnudez amorosa de Dios que nos invita a sacar lo más auténtico de nuestro ser.