LAICIDAD, ESTADO Y RELIGIÓN


Planteamiento del problema

Los cristianos debemos atenernos al tiempo en que vivimos. No podemos ignorar el pasado, pero tampoco depender excesivamente de él. Porque la vida humana evoluciona constantemente y sería un desacierto querer anclarla en un momento determinado. Nos corresponde, también a nosotros, ser creativos y artífices del momento histórico que nos ha tocado vivir con fidelidad a la entraña original del Evangelio, pero sin apegos incondicionales a las traducciones que de él se han hecho en cada época.

Esto nos sirve para entender las diversas actitudes y reacciones suscitadas por el tema de la laicidad, hoy tan discutido a propósito de las leyes que afectan a la enseñanza de la religión en la escuela, la ayuda económica estatal a la Iglesia católica, las investigaciones con células madre embrionarias y las leyes reguladoras del divorcio, aborto y matrimonios homosexuales.

Si la laicidad es una consecuencia de la modernidad y la mentalidad eclesiástica se ha manifestado, desde Trento hasta el concilio Vaticano II, antimoderna, es natural que dicha mentalidad se muestre contraria a la laicidad. La inquisición y las guerras de religión son un claro ejemplo de la deformación histórica de la verdad cristiana. Todavía en el siglo XIII bulas papales escribían que "es voluntad del Espíritu quemar a los herejes".El caso de "Galileo" ponía también de manifiesto que el Magisterio , acostumbrado a controlar todas las instancias culturales, tenía miedo a que la razón científica se constituyera al margen de dicho magisterio. Se venía abajo todo el universo de la cultura antigua, reflejo ideológico de la sociedad jerarquizada y desigual.

Fue todo esto lo que provocó el escándalo de la conciencia moderna, forzada a buscar en otro lugar, signos que sirvieran de paz y comunión. Ese lugar fue el racionalismo, la "religión natural", un "derecho natural" desvinculado de toda fe y, sobre todo, el lenguaje universal de la "ciencia".

El grito de la modernidad es una respuesta a la usurpación de la dignidad humana. En nombre de Dios, de la Religión, de la Patria, se han cometido enormes atropellos de la persona. La modernidad más que contra Dios se alza contra la utilización blasfema que de El se ha hecho, habiendo justificado en su nombre la negación del protagonismo, de la creatividad , de la autonomía y de la libertad del hombre. Por defender los derechos de las religiones, se han negado demasiadas veces los derechos de la persona.

La escisión entre la conciencia creyente y la conciencia moderna fue acompañado de otro hecho. Durante siglos la Iglesia se configuró como una Iglesia de cristiandad, articulada en torno al clero. El clero era el sujeto activo y dominante, dotado de una superioridad incuestionable, que le confería una misión espiritual y moral universal sobre la sociedad, el mundo y los Estados.

Esta figura de Iglesia no surgió del Evangelio, era una institución más bien imperialista, que justificaba la desigualdad y, al ser cuestionada por las nuevas ideas, se atrincheraba en sí misma para defenderse en su superioridad y privilegios.

Pensamos que esta mentalidad, lejos de haber sido superada, se convierte en desafío. Son muchos los católicos que sostienen que la salvación está sólo dentro de la Iglesia católica, que el monopolio del saber espiritual y moral está en exclusiva en la Iglesia católica y que los valores del mundo no sirven para nada si no llevan la marca religiosa.

Esta visión imperialista de la religión es la que hace que explosione en la conciencia moderna la reivindicación de la secularización o laicidad, negándose a que lo mundano y humano sea postergado a expensas de lo cristiano. "Cristiano y humano escribía T. De Chardin, tienden a no coincidir; he aquí el gran cisma que amenaza a la Iglesia". Y el teólogo protestante J. Moltman escribía: "Si la modernidad ha convertido al hombre en palabra iconoclasta contra Dios, es porque el Dios auténtico se ha convertido en palabra iconoclasta contra el hombre".

Recomponer la unidad escindida: concilio Vaticano II

El Vaticano II, tan desconocido hoy por muchos católicos, ofrece pautas que sirven para resolver este contencioso histórico. El concilio inauguró un nuevo talante, que pasaba de la arrogancia y anatema, al diálogo y colaboración. Enseñó que el Reino de Dios no se identifica con la Iglesia católica, porque el reino es universal y opera en todo tiempo y en toda cultura, y que pueden encontrarse gérmenes , signos y realizaciones del mismo en todo lugar donde se encuentra la presencia del hombre. Esta universalidad ha hecho concluir con toda razón que el concilio Vaticano II fue "la tumba del régimen de cristiandad". La Iglesia entendió también que ella era la primera en necesitar ser evangelizada: precisaba de un proceso permanente de conversión y renovación. El mundo era sujeto de innata ética natural y podía aportar avances a favor de la justicia, la liberación, la paz y los derechos humanos. El mismo mundo podía ser un agente de purificación contra los fallos de la Iglesia.

Pero este nuevo talante del concilio chocó con el proyecto restauracionista del pontificado actual, que ha intentado desactivar las bases de lo que fue la revolución conciliar.

Este nuevo pensamiento católico es el que nos hace rechazar perspectivas, actitudes y procedimientos de católicos que no concuerdan con las aspiraciones de nuestra época ni con el Evangelio.


Vivimos en un mundo adulto

Vivir en un mundo adulto significa aquí que la humanidad traspone con la modernidad el umbral de la infancia y adolescencia para encaminarse hacia la mayoría de edad. Paradójicamente, la jerarquía católica viene ejerciendo todavía una función paternalista paralizante de cara a este proceso.

El cambio histórico de la modernidad, aplicado a la Iglesia, requiere una nueva relación de convivencia basada en la igualdad y que se expresa en la democracia. La actual estructura autoritaria de la Iglesia es residuo de copias mundanas y contradice la enseñanza apostólica y la tradición.

Exige también una nueva relación con la naturaleza que, de objeto sacro y mitificado, pasa a convertirse en escenario de investigación y dominio y, últimamente, de respeto y confraternización.

Y, finalmente, exige una nueva relación con Dios, el cual en lugar de afirmarse a base de explotar los límites de la debilidad e impotencia humanas, aparece sustentando toda la talla del ser humano, dejándole actuar en todo lo que es, por sí mismo y ante sí. El concilio reconoce que la religión, demasiadas veces, se ha convertido en opio y alienación al impedir la realización del ser humano y ocultar el rostro genuino de Dios. Hacer profesión de ateísmo o, lo que es lo mismo, expulsar tantos dioses falsos, es condición saludable para preservar la fe: "Son muchos los que imaginan un Dios que nada tiene que ver con el Dios de Jesús" (GS, 19).

La laicidad, consecuencia de la modernidad

La incidencia mayor de la modernidad se muestra en el paso de una concepción mítica del mundo a otra científica, en el de una sociedad desigual a otro igual, y en el paso de una sociedad sacralmente tutelada a otra civilmente autónoma.

La laicidad reclama el derecho a promocionar la realidad secular propiamente dicha. La laicidad se opone a las sociedades teocráticas, donde la condición de ciudadano va unida a la de religioso y la de lo civil supeditada a lo religioso. La laicidad surge como polo de afirmación frente a sociedades sacralizadas o muy tuteladas por el poder religioso. En nuestro tiempo, a partir sobre todo del siglo XIX, la laicidad representa el intento de asegurar la emancipación cultural y política del poder eclesiástico.

La laicidad, al pro traer su significado del contenido de la dignidad de la persona, se convierte por ello mismo en base, ámbito y referente del programa de todo Estado, que se precie de ser gestor del Bien Común, porque el Bien Común es la coordinación del bien de todas las personas, en uno u otro lugar , de una parte u otra, de una u otra religión, creyentes o ateas.

Los ciudadanos incluyen, como personas, una ética natural, que se enuncia válida para todos y que los Estados deben manejar sensatamente para articular la convivencia. Las religiones podrán albergar creencias, principios, promesas, programas de futuro y felicidad que, a lo mejor, no figuran en el programa básico de la ética natural. Podrán inculcarlo a sus seguidores y ofrecerlo a cuantos lo deseen conocer, pero jamás imponerlo y mucho menos hacerlo valer contraviniendo la dignidad y derechos de la persona. La persona es el terreno firme, más allá del cual no puede ir el Estado, la Religión ni Ideología alguna.

Desde esta perspectiva, consideramos anacrónica e innecesaria toda posición que pretenda basarse en un imperialismo religioso ( sumisión del poder temporal al religioso) o sobre un fundamentalismo de Estado, que no respete o persiga el hecho religioso, tal como aparece en cada una de las religiones.

En la situación actual, voces diversas de la Iglesia católica plantean batalla contra el Gobierno de España, porque dice estar procediendo más allá de su competencia, legislar erróneamente e ir contra el Bien Común.

Nosotros, apoyados en el pensamiento y espíritu del Vaticano II, consideramos que es tarea del Estado establecer una legislación sobre la enseñanza de la religión en la escuela, la ayuda económica estatal a la Iglesia católica, el aborto, el divorcio, las convivencias homosexuales, la investigación sobre las célula madre embrionarias, en escucha a lo que la experiencia, la ciencia, la filosofía y la ética consideren más conforme y respetuosos con esas realidades. En esa tarea, las Iglesias pueden aportar el tesoro de su experiencia y sabiduría, los argumentos que su investigación considere oportunos y válidos para toda sociedad. Puede que la legislación promulgada por el Gobierno actual no concuerde en todo con la preferido por la religión católica, musulmana , judía u otra cualquiera, pero al Gobierno se le pide que legisle conforme a las exigencias de la ciencia y de una ética común y así sus leyes alcancen un nivel, que lo haga válido para todos. De esa forma, el Estado aconfesional hace justicia a todos, no tolera discriminación y establece una plataforma común -la universal de la dignidad humana y sus derechos- que sea válida y aceptada por todos, sin que esto excluya otros espacios de presencia para la oferta específica de cada religión.

Pensamos que este significado de la laicidad no niega en nada el valor de las religiones, no pretende desterrar a Dios de la sociedad, no reduce la religión a la vida privada, ni atenta contra la particular moral de cada una de las religiones. Sobre la fe particular y diferenciada de cada uno, está la fe común en la dignidad de la persona y sus derechos, fe que debemos compartir todos y única que obliga a un Estado laico a la hora de legislar.

Por otra parte, nosotros somos de los que creemos que, en torno a varios de los temas mencionados, no es fácil concluir que la Religión católica tiene específicos argumentos desde los que iluminar a sus fieles e inculcarles comportamientos especiales. Son muchos los teólogos que opinan que, aparte los principios evangélicos inspiradores de la vida, no se pueden elaborar normas morales categoriales, distintas y propias para los católicos. ¿Qué añadirían esas normas desde la fe al, por ejemplo, significado y regulación ética del problema de la natalidad?

Lo básico y universal pasa hoy por el plano de la laicidad, desde la que el Estado, la economía, la filosofía, la ciencia y la ética tienen que regirse por leyes que le son propias. La Iglesia católica, aun cuando mayoritaria en nuestro país, no tiene el monopolio de dictar la ética para todos los ciudadanos.

Creyentes y ateos unidos en una fe común

La experiencia moderna nos ha mostrado que, referente a la religión, unos y otros, creyentes y ateos, debemos dejar a un lado los prejuicios y dogmatismos.

La crítica moderna a la religión ha servido para emancipar al hombre, para liberar a la teología de una lenguaje precientífico y mitológico, para recuperar la dignidad de la persona humana, para no legitimar nunca más, en nombre de Dios, la humillación y esclavitud de le hombre.

Pero, a su vez, una tendencia cientifista moderna ha pretendido suplantar el puesto de la religión por la sola razón. So pretexto de excluir determinadas alienaciones históricas, ha incurrido en la alienación metafísica de desrreligiosizar al hombre, de volverlo ateo a la fuerza y de hacer del ateísmo una praxis confesional y política. Son muchos todavía los ateos que consideran que su fe es incompatible con el cristianismo y muchos los cristianos que su fe es incompatible con el socialismo -no así con el capitalismo-.

Desde una visión antropológica estructural, pensamos que no se puede sostener que la religión es una realidad autónoma, sin conexión con las otras dimensiones de la vida o que es un simple reflejo de los factores económicos. La religión puede ser opio o dynamis transformadora, dependiendo de si se la vive como elemento utópico y subversivo o como elemento conformista y legitimador del orden establecido.


La fe cristiana es la que hace que este mundo sea tal sin la "hipótesis de Dios". Dios no es una especie de seguro contra todas las calamidades e impotencias del hombre. Ese Dios es al que se aferra una cierta religiosidad , impidiendo que el hombre afronte sus propios riesgos e impulse su propia maduración. Ese Dios es el que ha intervenido constantemente como rival y opositor del crecimiento del hombre. Reducir la presencia de Dios a los "espacios de miseria" es falsear la relación Dios-hombre, la cual debe estar presente en la totalidad de la vida y no sólo en la marginalidad de la miseria. Si en la vida existen "espacios de miseria" están para que el hombre los remedie y no para que el hombre se aproveche de ellos para hacer un sitio a Dios a base de la promesa de un remedio para ellos en la otra vida. Nosotros no creemos en un Dios que necesita de la debilidad humana como medio para afirmarse a sí mismo. El Dios verdadero sólo se afirma en la afirmación del hombre.

Atentos al espíritu del Vaticano II que reclama que la Iglesia católica "no ponga su esperanza en privilegios concedidos por el poder civil, renunciando incluso al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición" (GS, 76), nos parece coherente exigir la revisión de los acuerdos de 1979 firmados entre el Estado Español y la Santa Sede. Tales acuerdos no corresponden al nuevo espíritu del Concilio ni a los cambios producidos en nuestra sociedad en estos últimos 25 años. En esta perspectiva, consideramos como más evangélico y conforme con su misión y libertad, que la Iglesia católica asuma como tarea de interna corresponsabilidad el hecho de su propia autofinanciación.

BENJAMÍN FORCANO, sacerdote teólogo