"NO TENGÁIS MIEDO"

La normalización de las catequesis en sus distintas etapas supone el retorno definitivo a lo habitual, al bullicio infantil previo a la misa de los domingos, a las caras y al ritmo de siempre. Este curso, además de " los incondicionales", he observado con orgullo y alegría, la incorporación de varios jóvenes a las tareas de catequesis, así como su participación activa en la organización de las Eucaristías.

Son los niños que han estado siempre y que han crecido y madurado en la comunidad. Al contrario que otros muchos que se esfuman cuando reciben un sacramento, estos han optado por quedarse. Son los jóvenes que han descubierto el don de la gratuidad, que han comprendido la vocación de servicio del Evangelio. Son los jóvenes adultos que se han atrevido a decir a Jesús que puede contar con ellos. Son los pequeños adultos que han entendido que Evangelio no es solo una palabra radical, sino una forma de vida radical. Son nuestros jóvenes, a quienes queremos y los que se han ganado toda nuestra confianza .

Hoy me he puesto ante el Señor y le he pedido por ellos. Se enfrentarán sin duda a un mundo lobo en el que la libertad se amordaza, en el que tener es más importante que ser. Es posible que en ocasiones se sientan perdidos en un mundo en el que es imposible desintegrar un prejuicio. Quizá sientan el desaliento en medio de un mundo predador que ha perdido el norte, enfermo de soledad y con sobredosis de desesperanza.

El Evangelio exige entrega y renuncia, pero da valor en la misma medida. En numerosas ocasiones Jesús nos recuerda que seguirle no es fácil, que hay que dejar todo lo que nos ata, que no vale mirar hacia atrás, pero también nos asegura que no nos dejará solos, que no hay que tener miedo.

No tengáis miedo es lo que me gustaría decir hoy a estos jóvenes. Donde está Jesús no existe el miedo. El Señor los ha elegido para acometer una misión preciosa, la de ser testigos de su esperanza, y son por lo tanto el futuro de la Iglesia.

Hoy me he puesto ante el Señor y le he dado gracias por estos jóvenes. He agradecido su voz firme y serena entre nuestras voces, sus ganas de vivir, sus manos abiertas. Gracias Señor por estos jóvenes que nos demuestran a cada instante que ser cristiano no solo merece la pena, sino la alegría.

ALBANTA