“MISIÓN CUMPLIDA”

    Juan el Bautista fue, sin duda un hombre grande y asombroso. Profeta austero capaz de ir a predicar en el desierto y arrastrar allí multitudes deseosas de escuchar la Palabra. Valiente hasta el extremo de anunciar verdades incómodas aún a riesgo de su propia vida, su coraje terminó con una muerte provocada por el capricho de un rey seducido por el baile de una joven. Lo que nos ha quedado de el es su mensaje de conversión, y ante todo, que bautizó a Jesús y le señaló como el Cordero de Dios.

    Ante este hecho es fácil preguntarse si valió la pena una vida de sacrificio culminada en el martirio  para señalar a Jesús como Mesías. No es, sin embargo, lo que se plantea el propio Juan: “y yo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” En estas palabras podemos entrever la satisfacción del deber cumplido, de la misión completada. Tras haber señalado a Jesús, Juan sabe que ha hecho lo que tenía que hacer y que todo ha merecido la pena. El hecho de reconocer a Jesús como el Hijo de Dios es capaz de dotar de sentido a todo lo demás. Juan ha completado la misión para la que había nacido. Ha culminado la tarea que Dios le ha encomendado.

    Los cristianos deberíamos tener en cuenta el testimonio de Juan, sobre todo cuando nos resulta difícil decir claramente que reconocemos a Jesús como salvador, cuando tememos la reacción de los que nos rodean. Comprender la grandeza de Juan el Bautista es asumir una vida destinada a cumplir toda su vocación en el gesto de señalar a Jesús como el Hijo de Dios. Solo entonces seremos capaces de dar testimonio no solo con valentía, sino con la honda satisfacción de hacer  algo que da pleno sentido a nuestro ser. 

    Esto debería reflejarse incluso en nuestra forma de participar en la Eucaristía. Decir Amén ante  la Sagrada Forma es dar testimonio público de nuestra fe en presencia de Cristo  y señalar que es Él el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tal como lo hizo Juan. Algo tan grande como poder dar testimonio de la presencia de Jesús no podemos convertirlo en una pura rutina. Poder decir Amén ante el cuerpo de Cristo es algo que colma de sentido una vida. Sintámoslo así, y pongamos en ese Amén la misma honda satisfacción de Juan al señalar a Jesús.

MEG