“TODO ES GRACIA”


Pertenezco a una familia compleja. Padre agnóstico. Madre 100% católica. Mi educación y la de mis hermanas ha estado siempre salpicada por las tensiones que ha provocado el esfuerzo titánico de mi madre por compatibilizar la increencia de mi padre y su derecho a profesar libremente su fe. ¡Ah! Por cierto. No me he presentado. Voy a cumplir catorce años. Estudio en un instituto público, soy buena estudiante y fui bautizada con el nombre de una joven mártir romana, aunque creo que la elección del mismo se debe más bien su brevedad que a la abnegada vida y el martirio de mi patrona.

Ya os he dicho que la fe de mi madre origina en muchas ocasiones tensiones en mi familia. Está claro que la fe no es siempre conciliadora. A pesar del difícil y frágil equilibrio en el que nos movemos, nunca he tenido problemas para hacer “más o menos” lo que quiero. Y digo más o menos porque aunque hay cosas que mi padre no acepta, sobre todo con mi madre, no tiene argumentos sólidos para hacerme desistir de mi fe en Jesús. De hecho, siempre he asistido a clase de religión en la escuela, participo sin ningún tipo de problemas en la eucaristía de los domingos y, eso si, a su pesar, formo parte de uno de los grupos de la parroquia.

Ahora soy yo la que siembra la discordia. Se acerca la fecha de matricularme en este nuevo curso y no quiero cursar la asignatura de religión. Mi madre ha puesto el grito en el cielo, y en contra del diálogo al que siempre recurre cuando hay un tema polémico, me ha dicho que el asunto está zanjado, y que al menos durante la secundaria, no tengo otra opción.

Os preguntareis por qué una persona, creyente como yo, se niega aceptar lo que la mayoría de las familias cristianas eligen para sus hijos en la escuela. Trataré de explicarlo. Me siento libre a la hora de profesar mi fe, quizá porque nadie me ha presionado en ningún momento para hacer esto o aquello…. Pero no me siento libre en la clase de religión. Hacemos cosas rarísimas que no proceden cuando no se crea el clima apropiado y cuando no hay confianza. Los compañeros que empezaron conmigo han claudicado y veo que este año me quedo sola en el aula. Mi madre dice que eso no es motivo de peso, que no tengo que tener miedo y que tengo que tener criterios propios, pero yo me siento muy incomoda. Creo que hay determinadas actividades que tienen sentido dentro de un contexto determinado, y que además provocan cierto rechazo cuando se realizan fuera del mismo. Además tengo la sensación de perder el tiempo miserablemente. La verdad es que la mayoría de mis compañeros de clase se apuntaron a religión porque la alternativa a la asignatura es un bodrio que no tiene sentido. Sus padres decían que era mejor saber algo de religión que jugar al parchís o ver películas en muchos casos no aptas para menores.

Estoy hecha un lío. Por un lado tengo la presión de mi madre y por otro el derecho a elegir y a aprovechar mi tiempo. Yo creo que los mayores deberíais plantearos muy seriamente la función de la religión en la escuela. Pienso que si las cosas se hicieran bien serían muy provechosas, pero, tal y como se enseña en el instituto, provoca justamente el efecto contrario. Fuera de la parroquia hay actividades que pueden escandalizar. Escandalizar como puede hacerse a cualquier nivel desde la incoherencia, desde la falta de entusiasmo en lo que se hace, desde la rutina…

Creo que no hay que cursar la asignatura de religión por cuestión de estadística, como tampoco hay que contabilizar a los cristianos por el número de bautismos, o el número de familias cristianas por el porcentaje de comuniones al año. Yo estoy orgullosa de mi Fe y creo que no sería nada descabellado que este nuevo curso no asistiera a clase de religión porque no me aporta nada positivo y porque no quiero que nada empañe mi experiencia de Jesús.

¿Hay alguien capaz de convencer a mi madre?

Sarx.