SILENCIO

    Si algo faltaba, lo tenemos. La pequeña capilla ubicada en el interior de la iglesia proporciona un espacio alejado del ruido exterior a todos los que buscamos silencio para desfondarnos cada día ante el Señor, para los que queremos orar.

    Orar es un tiempo fuera del remolino diario de actividades.

    Nos permite mirar lo que nos ha sucedido, tomar conciencia de donde estamos y decidir sobre las acciones que podemos tomar para mejorar nuestra vida. Dios siempre está ahí, a nuestro lado, presionándonos suavemente, comunicándose con nosotros y buscando nuestro contacto. Nuestra labor  es concedernos ese tiempo para escuchar su mensaje, cualquiera que este sea.

    Orar es sencillamente ser honestos con Dios, permitiendo que Él pueda entrar en nuestra a veces enredada realidad. Escuchando los deseos del corazón, (y Dios siempre está en los deseos más profundos),  somos capaces de silenciar nuestro interior,  dar un paso atrás, dejar que las cosas afloren al ritmo de nuestra voz más profunda.

    Orar es como navegar por un lago. Cuando la superficie está agitada somos incapaces de ver el fondo. Apenas se calma el agua, vemos todo con claridad. De ahí la necesidad de silencio, de retiro, de tiempo hacia adentro. Orar es sencillamente abandonarse en manos del Señor y presentarse ante Él desnudo y vulnerable.

    No se si fue la imagen del Cristo victorioso, o tal vez la cercanía del Sagrario. Quizá fue que el silencio daba paso a una ternura infinita o que me sentía en paz, pero antes de abandonar la pequeña capilla el primer día que oré en ella, me arrodillé ante el Señor haciendo mías las palabras de Jeremías que mejor resumían aquel momento.

“Me has seducido, Señor, y  me he dejado seducir.
Me has agarrado y me has podido”.