“VOLVER A CASA”

    La parábola del hijo pródigo es sin duda uno de los pasajes más bellos del Evangelio. Desde fuera, la parábola trasciende la emoción del reencuentro entre un padre y un hijo. En esencia, la historia del hijo pródigo se convierte en una metáfora de la redención del hombre, porque no solo resalta el arrepentimiento del hijo por su vida, no solo se refiere a la vergüenza del hombre por sus pecados. Quizá la grandeza de la parábola radica en la necesidad del hijo de abrazar al Padre, en la urgencia de volver a casa. La conversión es un misterio en el que se funden la iniciativa de Dios y la respuesta del hombre.

    La fuente de la conversión no se encuentra en nuestro interior. Quizá el gran error que cometemos es el de tratar de salvarnos por nosotros mismos. Al igual que el hijo pródigo, tenemos que llegar a comprender que solo se acerca a la salvación quien se despoja de toda seguridad y autosuficiencia. La conversión nace cuando la conciencia de nuestro propio vacío descubre la mano misericordiosa de Dios. Convertirse es descubrir que somos lo que somos porque somos incondicionalmente amados  por Dios.

    El hijo pródigo descubre que la misericordia no es cuestión de esfuerzo, sino de agradecimiento. Es creer en la Misericordia como una semilla que todo lo trasforma. La conversión no es el resultado de un examen minucioso de nuestros pecados, sino de la contemplación del Amor de Dios. Lo importante no es estar libres de pecado, sino dejar que esos pecados estén vigilados por la Misericordia.

    Convertirse no es entrar en el camino del perfeccionismo moral, sino del amor compasivo y solidario, pero la realidad es que somos incapaces, porque en nosotros hay muchas veces un corazón endurecido, unos oídos sordos o una boca  enmudecida.

    Abramos, como el hijo pródigo, las puertas de nuestro corazón a la misericordia  del Padre bueno. Reemprendamos con él, el camino de regreso a casa, sintiéndonos débiles pero amados. Hagamos hueco en lo más profundo al poder trasformador de la Misericordia y sintámonos dichosos del don de la conversión que nos enseña que lo que realmente nos cambia por dentro, no es el deseo de ser mejores, sino la fuerza de la misericordia de quien quiso dar la vida por nosotros.

G.P