Feliz Navidad - 2010

            Ante el gran acontecimiento de la Venida del Hijo de Dios al mundo, encarnado en las entrañas de la Virgen María y nacido para nuestra salvación y redención, os invito a todos a prepararos espiritualmente para recibir al Señor que viene. Es Jesús, que significa Salvador. Es Enmanuel, que quiere decir “Dios con nosotros”

            Si Jesús viene a salvarnos, dejémonos salvar por Él, abandonando todo aquello que es incompatible con su presencia en nosotros, lo que se denomina obras de las tinieblas, y dejémonos inundar por la luz que emana del Niño de Belén, la Luz que es Él mismo. Si Dios encarnado y nacido como uno de nosotros se llama “Dios con nosotros”, hagámosle sitio en nuestro mundo, en nuestros ambientes, en nuestra propia vida.

            Sería una contradicción y, efectivamente, se está dando en parte, en nuestro mundo, celebrar el Nacimiento de Jesús y vivir como si Dios  no existiera; mantener las apariencias y los signos, lugares y tiempos cristianos y, por otra parte, intentar desterrar a Dios de la historia, de los acontecimientos, de la cultura y de la vida.

            El conocimiento, la acogida y la aceptación de la presencia de Dios en el mundo y en nuestra vida tienen sólo efectos beneficiosos. De la fe en el Dios de Jesucristo y en su Hijo, nuestro Señor y Salvador, de su seguimiento personal, de la identificación con su persona y con su causa o su misión sólo pueden derivarse bienes para las personas, para la sociedad y para la propia naturaleza. Más aún la liberación de los grandes males que permanentemente nos acechan, que son la muerte, con su carga negativa de temor, y el pecado, que está en la raíz de todos los males, sólo puede venirnos de la acogida por la fe y del seguimiento de nuestro Salvador y Redentor, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

            La experiencia de la Navidad vivida desde la fe en la acogida del Hijo de Dios que viene a salvarnos y del encuentro personal con Él, celebrado en la preciosa liturgia de estos días, en los sacramentos, en la oración y en el cultivo de la Palabra, sobre todo si compartimos con los hermanos en la fe, nos hará mejores ante Dios y para los demás. Tendremos tiempo para la familia, para los amigos, para los pobres y enfermos, para el cuidado de nuestras personas y de los demás, para el disfrute de la naturaleza, para el merecido descanso.

            Irradiaremos lo que llevamos dentro. La gratitud, la alegría, el gozo y la felicidad por el encuentro con Dios nos transformarán en mensajeros y testigos de la verdadera alegría, gozo y felicidad para los demás. Podremos decir a todos con verdad: ¡FELIZ NAVIDAD!