“FORMAR NUESTROS CORAZONES”

Me niego a creer que estamos inmersos en una “`profunda crisis” como aseguran algunos para describir la situación de nuestra Iglesia. Más bien, me resulta doloroso que este sentimiento sea compartido por algunos cristianos, mis hermanos. Otra cosa es pensar que nuestro mundo, el mismo en el que la Iglesia se encuentra, es un mundo en plena dinámica de progreso tecnológico, científico, social, político que entraña y suscita nuevos interrogantes y un diálogo novedoso. La novedad la sitúo en el grado de compromiso que adquiere la “nueva situación” para los interlocutores, en este caso la Iglesia y el mundo. Un compromiso que disponga con apertura evangélica, sin renuncias doctrinales y atenuaciones, a un diálogo sereno y constructivo. En cierta medida, las palabras del Beato Juan XXIII, en la inauguración del Concilio Vaticano II, puede señalarnos la imagen de Iglesia que debemos transmitir: “… en nuestro tiempo, la Iglesia de Cristo prefiere emplear la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad. Ella cree que, en vez de condenar, hay que responder a las necesidades actuales explicando mejor la fuerza de su doctrina”. Sin esta perspectiva el sentimiento de desencuentro con los poderes establecidos frustran el diálogo o lo que es peor dividen a las personas con el consiguiente sentimiento de “crisis”. Sin grandes vacilaciones y así las encuestas lo reflejan, aunque no sean determinantes, nos orientan y nos indican cómo se nos percibe a los cristianos de la Iglesia Católica en la sociedad: un poder más. Por eso el diálogo nunca ha de situarse en una dialéctica de poderes. El Papa, Benedicto XVI, acertadamente, así lo ha querido reflejar en su primera encíclica: “La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”. Una mentalidad anclada en la nostalgia del poder de tiempos pasados se verá incapaz de aceptar los cambios políticos, geográficos y estructurales de la nueva sociedad del siglo XXI. Una mentalidad cristiana de “poder” no podrá entender que la sociedad justa, palabras del Papa en su encíclica, no puede ser obra de la Iglesia sino de la política.

Hablemos al mundo creyendo ver en él un ámbito privilegiado de evangelización. Decirle lo que un día Pedro al paralítico que le pedía limosna: “No tengo oro ni plata pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Con qué convicción y misericordia hace posible que se manifieste el amor cristiano al otro. Ahondar en esta actitud y profundizar en ella, dispone a los creyentes emplear, con mayor empeño, el amor en su tarea evangelizadora, responsabilidad de todos los bautizados. Nuevamente, citando la encíclica del Papa, el amor al prójimo es un camino para encontrar también a Dios.

Ambicionemos para nuestra comunidad parroquial, hoy más que nunca, ser vistos como sujetos de esperanza en nuestro barrio. Percibidos como maestros de humanidad que no cesan en trabajar por una sociedad más justa. Por ello, os hago una petición especial, haciendo nuestro las palabras del Papa, que nos invita a “formar nuestros corazones”, que nos guíe hacia ese encuentro con Dios en Cristo… de manera que el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino la consecuencia que se desprende de la fe…” .

Ricardo Alvarado Del Río