CARTA DEL OBISPO

ADVIENTO, TIEMPO DE PREPARACIÓN A LA VENIDA DEL SEÑOR

Llamada a la conversión y a la alegría

Vicente Jiménez Zamora

Obispo de Santander

            El tiempo de Adviento, con el que comienza  un nuevo año litúrgico, es espera-memoria de la primera venida de Cristo en la debilidad de la carne, que conmemoramos en la Navidad. Y es espera-súplica de la última venida gloriosa del Señor al final de la historia, como Juez universal.

            Adviento significa, por tanto, presencia de Dios ya comenzada, pero no concluida. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir.

            En el Adviento se nos invita a contemplar un gran tríptico. Los cuadros laterales del Adviento son Juan el Bautista y la Virgen María, que apuntan al cuadro central, que es Cristo. Celebrar el Adviento significa descubrir la presencia de Cristo. Juan y María nos enseñan a hacerlo.

Para ello, hay que andar un camino de conversión, de alejamiento de lo visible y acercamiento a lo invisible. Andando ese camino somos capaces de ver la maravilla de la gracia, que ha aparecido en Cristo. El mundo no es un conjunto de calamidades y penas. Toda la angustia que existe en el mundo está amparada por el amor y la misericordia, está dominada y superada por la benevolencia, el perdón y la salvación de Dios. Quien celebre así el Adviento podrá hablar con derecho de una Navidad feliz, bienaventurada y llena de gracia. Y conocerá cómo la verdad contenida en las frases de la felicitación navideña es algo más que esos sentimientos románticos de los que la celebran como una especie de diversión de carnaval.

            El Adviento es el tiempo de la alegre esperanza. El tercer domingo de Adviento se llama “domingo de la alegría”, domingo “gaudete”, porque así empieza la antífona de entrada del Misal Romano, que recoge la exhortación de San Pablo a la alegría en su carta a los Filipenses. “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (Filipenses 4, 4-5). La alegría y la felicidad son fundamentales en el Cristianismo, que es por esencia evangelio, es decir, buena noticia. Pero la alegría verdadera está en el Señor. El mundo moderno ha logrado multiplicar las ocasiones del placer, pero es incapaz de engendrar la verdadera alegría, que tiene origen espiritual y se fundamenta en Dios.

            ¿Cómo vivir la alegría en Adviento y Navidad?. San Pablo, después de haber exhortado a los cristianos a “alegrarse siempre” (Filipenses 4, 4), añade inmediatamente: “Que vuestra afabilidad sea conocida por todos los hombres” (Filipenses 4, 4). La palabra afabilidad indica todo un conjunto de actitudes: indulgencia, bondad de ánimo, capacidad de comprensión y perdón. Quien es alegre no es áspero y duro, sabe quitar importancia a las cosas y crear concordia y paz. Permanezcamos alegres a la espera del Señor, que viene a salvarnos en la Navidad.