A CONTRACORRIENTE

Semana Santa 2005. Por fin vacaciones del instituto. Menos mal que han llegado. No es fácil 2º de bachiller, y menos si estás en el último curso del conservatorio. El caso es que llegaron los días de descanso, y además la visita de unos amigos de Madrid, así que aquella semana tenía buena “pinta”.

A pesar de que los estudios me iban todos muy bien, no era yo feliz. Me faltaba algo. Y fue en esos días de vacaciones cuando algo cambió. La noche de la Vigilia Pascual tuve una idea. Una idea “descabellada”, “loca”, sin sentido aparente. ¿Y si mi camino es ser sacerdote? ¡Uf, qué agobio! ¡Ay Dios! Pero cinco minutos después me di cuenta de que no era una tontería, sino algo serio.

Como yo he sido siempre bastante científico- racional, decidí tomarlo con “relativa” calma (porque yo con total calma es imposible que me tome nada). Bueno, pues esa noche le mandé un mensaje a Ricardo, mi sacerdote y amigo. Como él esa semana no iba a estar, me dijo que el sábado hablaríamos “tranquilamente”. Pues llegó el sábado y allí fui. Y lo más emocionante fue que él ya sabía lo que le iba a decir. Os podéis imaginar: visita al seminario, me gusta, me voy a Roma con el obispo y los seminaristas y mi ilusión crece, y con ella mi felicidad.

Pero la vida no es “un camino de rosas”. A mis amigos les pareció muy bien. Pero a mis padres no tanto. Al principio, fueron algo pelmas: “espera a que seas más mayor”, “ piénsalo bien”, “ no te precipites”... lo típico. Pero enseguida estuvieron de acuerdo, aceptando mi decisión y apoyándome en ella.

Dios me tocó aquella Semana Santa. Y cuando Dios toca, te cambia la vida y te pide cambio. Eso me pasó a mí. Y esto me hizo plantearme la vida de otra manera. No podemos ser agua que se estanca, se vuelve verde y nada nace de ella. Tenemos que ser agua de un río que fluye hacia el mar sin volver atrás, cambiando constantemente, un agua que da vida, que puede convertir en oasis un desierto. Porque Dios es cambio. Y Dios hace cambiar, pues lo que no varía está muerto.

Y eso hice yo. No es que diera un cambio radical a mi persona, sigo siendo el mismo, sólo que con un sentido más claro de mi vida. Actualmente, a mis 18 años estoy en primero de físicas en la universidad de Cantabria y en el primer curso del Seminario. Y estoy contento. Por las mañanas, la universidad, por las tardes seminario, los fines de semana en casa y en la parroquia. Parecido a lo que hacía antes, pero con una diferencia: siento que Dios está conmigo siempre. Y creedme: no te falla nunca.

De todos modos, como dice el Papa, el seminario, más que un edificio, es un tiempo: de discernimiento, de enamoramiento... Así que entrar al seminario no significa que vayas a ser sacerdote inmediatamente, sino que tienes esa inquietud, y que quieres probar a ver si ése es tu camino o no. El seminario está abierto a todos. Al que lo quiere visitar, conocer, probar... yo allí estoy. Y de momento, en esta etapa de discernimiento me siento seguro y feliz.

Pablo Pérez.