“CON VOSOTROS, TODOS LOS DÍAS”

INTRODUCCIÓN


Mis queridos hermanos y hermanas:

La celebración del 250 aniversario de la creación de nuestra Diócesis de Santander y el Centenario del patronazgo de la Virgen Bien Aparecida, constituyen el motivo por el cual os he convocado a un Año Diocesano y Mariano. Las fechas nos van recordando el paso del tiempo y marcando los acontecimientos que van configurando nuestra historia concreta. La lectura creyente de la vida nos permite descubrir, en el tiempo, la historia de salvación que Dios ha querido hacer con nosotros, sus hijos.

Dios Padre nos ha reunido en Cristo, por el Espíritu Santo, como una Iglesia particular, congregada por el Evangelio y la Eucaristía; acompañada siempre por la protección maternal de María; cuidada por un sucesor de los apóstoles, el obispo, para anunciar y hacer presente el amor entrañable de Dios a todas las personas que habitan en Cantabria y Mena, y desde aquí, a través de nuestros misioneros, llevar la Buena Noticia también hasta los lugares más alejados.

Para celebrar este Año con sentido y para ayudaros a vivirlo como un acontecimiento de gracia, os ofrezco esta sencilla carta pastoral para vuestra reflexión, como estímulo para el crecimiento en vuestra vida cristiana y como invitación a la alabanza y acción de gracias a Dios por su bondad para con nosotros.

Ante todo, os invito a poner la mirada en Cristo, fundamento de la Iglesia. No podemos ser Iglesia sin El. Su Presencia nos sostiene y nos alegra. Su Palabra nos ilumina y nos guía. Su Amor nos renueva y nos hace crecer.

La Iglesia, nuestra Iglesia, no vive de "ideas", ni de "recuerdos" del pasado, vive de El y por El. Es su Presencia la que nos da vida y alienta nuestra esperanza. El Evangelio de Mateo termina con estas palabras de Jesús: “He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. En esta escena evangélica Jesús reúne a los suyos y los envía al mundo para que hagan discípulos de todas las gentes. La Iglesia es siempre la reunión de discípulos (comunión), enviados al mundo (misión), que cuentan con la Presencia del Señor Resucitado que los acompaña y los sostiene siempre, comunicándonos su vida (misterio).

Por esto, en este Año Diocesano y Mariano deseo que nuestra Diócesis perciba, con la mirada de la fe, esta Presencia de Cristo Resucitado y todos los que la formamos experimentemos la alegría del encuentro con El. No puede haber vida cristiana sin este encuentro personal con el Señor, en la oración, en la escucha de su Palabra, en la celebración de los sacramentos, en el servicio al pobre con el que Cristo se identifica. Pero de manera eminente, en el Sacramento de la Eucaristía fuente y cumbre de toda la vida cristiana. Nuestro Año Diocesano coincide con el Año de la Eucaristía convocado por el Santo Padre Juan Pablo II. Este encuentro con el Señor Resucitado es la clave para vivir con autenticidad nuestro Año. "La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo"

El reconocimiento de la presencia del Señor y nuestro encuentro con Él nos revitalizará y provocará en nosotros la alabanza y la acción de gracias porque, a pesar de nuestras flaquezas, debilidades y dificultades, El está ahí como fuente de nuestra alegría.

I. AÑO DE RENOVACIÓN ESPIRITUAL


En este momento que nos toca vivir, los cristianos europeos estamos con frecuencia desorientados en un mundo tan plural, marcados por la influencia de fuertes medios de comunicación social, sumidos muchas veces en el desencanto y en el pesimismo. La indiferencia religiosa y la machacona repetición de los fallos de algunos miembros de la Iglesia en el ambiente exterior, y la apatía y poca participación en el interior de nuestras comunidades nos hacen preguntar quiénes somos y a dónde vamos.

En verdad, uno de los problemas más fuertes que tenemos es la difuminación de nuestra identidad cristiana; es decir, somos cristianos, pero vivimos como si no lo fuéramos; estamos bautizados, pero no se nota en nuestra forma de ser, de pensar y de actuar. Es verdad, también, que en nuestra Iglesia hay grupos de personas sinceramente creyentes, comprometidas y que trabajan con intensidad, pero a veces se cansan porque no ven el fruto de sus trabajos. Como nos ha recordado el Papa en su Carta "Iglesia en Europa", uno de los retos más importantes para la Iglesia es "llevar a los bautizados a convertirse a Cristo y a su Evangelio"

No podemos celebrar nuestro Año Diocesano y Mariano al margen de esta problemática, al contrario, hemos de vivirlo como una llamada a una profunda renovación espiritual, recuperando nuestra identidad cristiana, reforzando lo fundamental cristiano y, en definitiva, descubriendo nuestra vocación bautismal a la santidad.


a) Recuperar nuestra identidad cristiana: seguimiento y testimonio.

La auténtica renovación comienza por el corazón. Sin la conversión del corazón no tendríamos raíz. El cristiano es una persona cuyo corazón está adherido a Cristo. Conocerle, amarle y seguirle es lo que nos va haciendo discípulos suyos. Si vamos creciendo en su amor, aún en medio de nuestros fallos y dificultades, no podremos sino hablar de Él -uno habla de lo que ama: "de la abundancia del corazón habla la boca"4- y manifestaremos con el estilo de nuestra vida que tratamos de ser coherentes con lo que de Él hemos aprendido. La vida así se convierte en testimonio. Pero este testimonio necesita el cultivo permanente de nuestra interioridad, es decir, la experiencia de oración, sencilla y humilde, reconociendo que sin Él nada podemos.

Si hay identidad cristiana, hay vigor apostólico y, aunque los cristianos fuéramos unos pocos, el cristianismo se difunde. Por el contrario, si los cristianos somos mediocres, aunque fuéramos muchos, no tendríamos significación en el mundo y constituiríamos, más bien, una dificultad para que el mundo crea. Por eso, querido hermano, si esta carta llega a tus manos te pido que no te quejes de la situación actual, comienza a caminar o sigue caminando con Cristo por las huellas que Él ha dejado en el camino. Algo nuevo habrá comenzado a brotar en ti y a tu alrededor.


b) Reforzar lo fundamental cristiano.

En épocas de crisis es necesario reforzar los cimientos, ir a lo fundamental, como recordó el Señor en la parábola de la casa edificada sobre la roca.

Me resulta difícil compendiar en un párrafo lo que me parece imprescindible para el camino cristiano. Lo quiero expresar como dicho al corazón de cada uno de vosotros:

Confía en Dios, que es Padre, y que ama entrañablemente a todos los hombres, como a ti. El proveerá.

Alégrate porque Cristo, el Hijo de Dios, se ha hecho hombre para que los hombres podamos ser hijos de Dios y hermanos unos de otros.

Reconoce tu dignidad de cristiano: Cristo ha muerto por ti y por todos los hombres y ha resucitado para darnos vida nueva; tus pecados tienen perdón, acógelo en el sacramento de la Penitencia; asocia tus sufrimientos y tus oscuridades a la Cruz del Señor y mantén siempre la esperanza; con Cristo Resucitado puedes estrenarte cada mañana.

Déjate conducir por el Espíritu y no pongas frenos a las maravillas que Él puede hacer en ti

Cumple los mandamientos para no salirte del camino, y vive las bienaventuranzas para avanzar por el camino.
Siente con la Iglesia y déjate acompañar por sus pastores, pues aunque somos frágiles como tú, el Señor nos pone a tu lado para ayudarte.

Ama a tus hermanos, perdona y acoge perdón, reúnete con ellos para avanzar juntos en tu parroquia o comunidad.

Celebra con alegría la Eucaristía del domingo, sin ella no puedes vivir; necesitas encontrarte con el Señor y tus hermanos.

Escucha la Palabra y ora.

Comparte tus bienes; acércate a quien te necesita; mira con misericordia al marginado...

Camina esperanzado, Dios cumple sus promesas y nos ofrece vida eterna.


c) Descubrir la vocación a la santidad.

El camino anteriormente descrito no es otro que el de la santidad. Hoy más que nunca, nos recuerda el Papa Juan Pablo II, que es una urgencia pastoral. Todos estamos llamados a la santidad. Cada bautizado está llamado, no a vivir de una forma mediocre, sino a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Ser santo es eso, es vivir plenamente el bautismo, pertenecer a Aquel, el Padre, que es tres veces santo, vivir insertado, como el sarmiento a la vid, en Jesucristo, es estar habitado y dejarse guiar por el Espíritu Santo. Pero cada uno tiene que descubrir su propio camino, su propia forma de ser santo en conformidad con la voluntad de Dios, con su propia pedagogía, ayudado sin duda por los demás miembros de la Iglesia.5

Los sacerdotes están llamados a ser colaboradores del Obispo, y desde la comunión con el Obispo y los demás sacerdotes del presbiterio, ser sacramentos y signos vivos de Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo, al servicio de su Iglesia para la salvación de los hombres6. Esa es su vocación específica. La vocación a la santidad de los religiosos, religiosas, institutos seculares y sociedades de vida apostólica, es hacer presente y visibles, en medio de la comunidad cristiana y del mundo, los rasgos característicos de Jesucristo -virgen, pobre y obediente- y así ser profetas del misterio del Reino que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización en el cielo7. La vocación propia de los laicos es "buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios, y llevar a cabo en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde con su empeño de evangelizar y santificar a los hombres"8.

Este es el camino que han seguido los santos, entre ellos nuestros patronos los Santos

Mártires Emeterio y Celedonio, y nuestros primeros santos canonizados, también mártires, Román Martínez y Manuel Seco.


María, la "llena de gracia"

María es modelo y figura de la Iglesia, la perfecta discípula que sin ninguna resistencia ha acogido el don de Dios, por eso Maria es la "llena de gracia" y modelo de correspondencia agradecida al desbordante amor divino.

Todo lo que se refiere a la vida cristiana comienza por ser don de Dios; sólo Dios es Santo, pero generosamente ha querido hacernos partícipes de su vida y de su santidad; esto es la gracia, el favor de Dios que siempre nos ama primero. "El Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es Santo

II. AÑO DE VIVENCIA COMUNITARIA

La movilidad que caracteriza nuestra época, la despoblación del mundo rural y la forma de vida de la ciudad, especialmente en grandes barrios o en zonas de urbanizaciones, produce en muchas personas, entre otros factores, un tipo de vida menos comunitario y más individualista. Vivimos un déficit de experiencia comunitaria también en el ámbito eclesial.

Un cristiano vive en comunidad o se pierde. Dios nos ha querido congregar en su Iglesia, que como madre nos acoge para que vivamos la fraternidad de la fe y del amor cristiano.

La Diócesis es una Iglesia particular que reunida en torno a un obispo, en un territorio determinado, hace presente a la única Iglesia de Jesucristo.

Precisamente hace 250 años comenzó su andadura nuestra Diócesis de Santander de la que formamos parte. Este año ha de ser, pues, para nosotros un año de intensa vivencia comunitaria. Un año para sumar esfuerzos e ilusiones. Un año para retejer el tejido comunitario de nuestras parroquias, impulsar el diseño de las unidades pastorales y de los arciprestazgos, y, sobre todo, para vivir la unidad diocesana.

Precisamente en este año termina nuestro Plan de Pastoral 2001-2005, en el que se insistía en vivir la espiritualidad de comunión y en crear cauces de corresponsabilidad y participación dentro de nuestra Iglesia. A veces, cuando se revisa lo que hemos hecho, quizás nos parezca poco, pero siquiera se nos ha despertado el sentido de nuestra pertenencia a la Iglesia, sintiéndonos miembros vivos de ella y no meros "clientes" o espectadores", y si nos hemos sentido algo más responsables de participar

en sus proyectos, al menos hemos comenzado a avanzar. En todo caso, este año puede despertar en nosotros este sentido de pertenencia y colaboración con nuestra Iglesia diocesana en todos los sentidos.

Vivir la vida de la Iglesia es sentirse hermano de los otros; tomarlos en serio; compartir con ellos los dones que cada uno ha recibido, sintiendo las alegrías y los sufrimientos del otro como algo propio. Es sentir la alegría de haber sido reunidos por Dios Padre en Cristo por la fuerza del Espíritu. En una palabra, vivir la Iglesia como familia de los hijos de Dios.

Pero, la Iglesia no vive para sí misma. Su misión y su gozo es evangelizar, es anunciar a Jesucristo y servir a todos los hombres al estilo de su Maestro. Es comunión para la misión.

Todas las actividades programadas para este año están dirigidas a estimular este sentido de unidad para la evangelización de nuestro mundo.

Vivimos unas circunstancias nuevas, una nueva cultura, por eso nuestra Iglesia diocesana ha de hacer un esfuerzo ilusionado para poner todos sus recursos al servicio de la evangelización del mundo actual. Hemos de descubrir nuevas formas de estar presentes, de manera significativa, con estilo evangélico, en nuestro mundo actual.


María "estaba allí"

En muchos pasajes del evangelio, aparece María presente en la vida de Cristo y de la comunidad de los discípulos. De manera sencilla, pero elocuente, se dice que ella "estaba allí": con Jesús niño cuidándolo; huyendo perseguida con Él; buscándolo angustiada; ejerciendo de madre y haciéndose discípula; atenta a las necesidades en Caná; fuerte junto a la Cruz; orando con la comunidad a la espera de Pentecostés. Participa en la misión de su Hijo y acompaña los primeros pasos de la Iglesia. Su ejemplo nos invita a salir de nosotros mismos y a saber ir al encuentro de los hermanos.

III AÑO DE GENEROSA SOLIDARIDAD

"Jesucristo, siendo rico por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza"9. Él siendo de condición divina, se despojó de su rango y se humilló hasta la muerte en Cruz, en el acto de amor más grande: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Esta es la expresión mayor de solidaridad que consiste en compartir hasta lo necesario.


Nuestro mundo está necesitado de personas solidarias, que construyan la civilización del amor y hagan posible la globalización de la solidaridad. Nosotros, los cristianos, llamados a anunciar el Evangelio compartiéndolo con los demás como primer acto de amor, haremos creíble este anuncio si lo verificamos con las obras del amor, es decir, con acciones concretas y generosas que manifiesten que estamos dispuestos a dar la vida por los hermanos.

En nuestra cultura actual, tan marcada por el materialismo consumista y por el hedonismo, la doctrina de la Iglesia aparece con frecuencia presentada por el no como si la Iglesia fuera la que dice no a todo. La Iglesia anuncia a Jesucristo, que es el SI de Dios al hombre', porque la gloria de Dios es que el hombre viva

Cuando se vive pensando en uno mismo, en los propios intereses, centrados en el “yo”, el otro, sobre todo si es débil y frágil, aparece con frecuencia como un problema, o como el objeto de manipulación ("me interesa si me sirve").

Como cristianos, necesitamos educarnos para la vivencia de la solidaridad. En este sentido quisiera ayudaros a mirar algunos aspectos de la vida -frecuentemente debatidos- con la mirada positiva que nos propone la Iglesia y nos permite descubrir la belleza del amor y comprender la solidaridad como un si a la vida, a la familia y a los pobres. Así se renovará auténticamente la sociedad.


a) Cuidar la vida

El respeto y el amor a la vida humana, desde sus inicios hasta su fin natural, proviene del reconocimiento de Dios como único Señor y dador de toda vida. El cristiano acoge la vida humana como un don y la cuida con ternura porque posee una dignidad inviolable. Se desvive por defenderla, respetarla sin manipulaciones y conservarla en todas sus fases: en la fragilidad de sus orígenes, en su desarrollo cuando es agredida por el hambre o la violencia, en la enfermedad y en la ancianidad; la ayuda a crecer y a desarrollar todas sus posibilidades, incluso en los momentos dolorosos.


b) Valorar la familia

La familia fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer que se unen en comunión de vida y amor para siempre, corresponde al proyecto de Dios para la humanidad. De ella nacen los hijos que se encuentran como hermanos en un hogar donde aprenden a compartir y a perdonar, a sentir como propio todo lo que acontece al otro, donde la persona percibe que es acogida y valorada por lo que es y no por lo que tiene.

Descubrir y promover la belleza de este plan de Dios, debe centrar nuestros esfuerzos

e ilusiones, sin que las dificultades nos cierren este apasionante horizonte por el que vale la pena darse, superando las crisis y los momentos oscuros.

El hombre no puede vivir sin amor. La familia, según el plan de Dios, es la mejor escuela de amor y solidaridad, de unidad en la complementariedad.


c) Compartir con el pobre

Cuando nos encontramos con la pobreza, la frustración o cualquier carencia en la vida humana, los cristianos -y todo hombre y mujer de buena voluntad- miramos al otro como hermano y le tendemos la mano para compartir y compadecer con él. La solidaridad nos lleva a ponernos en el lugar del otro.

Nuestro Año Diocesano y Mariano ha de ser vivido por todos nosotros como un año de generosa dedicación a los pobres de cerca y de lejos. Nuestra atención se centrará, especialmente, en el desafío que constituye para nuestra Iglesia la acogida de las personas venidas de otros países. El fenómeno de la inmigración debe ser abordado por nosotros desde el interrogante de cómo estamos acogiendo a estos hermanos y hermanas que viven entre nosotros. Hemos de hacer realidad que se puedan encontrar con una Iglesia solidaria y servidora, que les abre sus puertas para que puedan sentirse como en casa. Estamos elaborando un proyecto de apoyo a los inmigrantes más necesitados, que será el signo solidario característico de este Año Diocesano y Mariano. Todos debemos sentirnos implicados en él y sentirlo como propio.


María "en camino para servir"

El evangelio de Lucas nos presenta a María, después de la Anunciación, presurosa, poniéndose en camino para servir a su prima. Siendo ya portadora de Cristo en su seno visita a Isabel y le ofrece su ayuda sencilla y su compañía. El encuentro de las dos mujeres está impregnado de una serena alegría. Esta escena debe repetirse constantemente entre nosotros: si estamos llenos de Cristo y nos dejamos empujar por su Espíritu, saldremos siempre al encuentro de nuestro prójimo y habrá más alegría en nuestra sociedad. María, nuestra Madre, nos acompaña siempre que hacemos este camino.

EPÍLOGO

Concluyo, queridos hermanos y hermanas, esta carta pastoral con una invitación a la esperanza. La situación en que vivimos nuestra fe no es fácil, los retos son grandes; transmitir la fe a las jóvenes generaciones y animar las vocaciones para la vida de la Iglesia constituyen una fuerte preocupación.

Evitemos caer en el optimismo fácil que no ve los problemas, pero no caigamos tampoco en la desesperanza paralizante que sólo ve los problemas. La esperanza cristiana es lúcida, mira de cara los problemas, y los afronta desde la confianza inquebrantable en la Presencia del Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Amigo de la Vida y Salvador de todos, para el cual nada hay imposible.

Los hombres y las mujeres que a lo largo de la historia han confiado en Él, han sabido encontrar, iluminados por su gracia, respuestas creativas que han ofrecido, en cada momento de la historia, el agua fresca del evangelio a los hombres y mujeres que, aún sin saberlo, tienen sed de Dios.

Seamos también nosotros estos hombres y mujeres que, llenos de esperanza, viven con alegría su vida cristiana, en la sencillez y en la humildad. La alegría auténtica se contagia y, quizás, para una época de indiferencia religiosa, la alegría cristiana es el mejor camino para que la Buena Noticia llegue al Corazón de nuestros contemporáneos.

Celebramos la fecha de los 250 años de nuestra Diócesis, precisamente en el tercer domingo de adviento, en el que se nos recuerda a los cristianos: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca”14. Que Santa María, la Virgen de la esperanza y de la alegría, la Bien Aparecida, Madre y Patrona de nuestra Iglesia diocesana, interceda por nosotros para que vivamos así, para que estemos. Siempre con Él, todos los días.

Con mi afecto y bendición,

José Vilaplana
Obispo de Santander


Santander, 28 de Noviembre de 2004.
Domingo I de Adviento.